Desde hace varias semanas, Tailandia es golpeada por terribles inundaciones. La falta de anticipación y de prevención de los riesgos causó perjuicio en el país que acusa hoy un balance muy pesado. Con 427 muertos y mil millones de euros de daños, las lluvias diluvianas tocaron la casi totalidad del país y afectaron a unos 9,4 millones de personas.
Las inundaciones son tanto más inquietantes que sus consecuencias no han sido bastante contempladas. Según las víctimas tailandesas, encontrar agua potable casi se hizo misión imposible. Mientras que las evacuaciones de los habitantes se multiplican, un habitante de Bangkok demuestra que " en las tiendas, el agua es racionada, y productos vienen para faltar ". Sin anticipación, la mutualización de los recursos eventuales del país no pudo ser realizada.
Y no es el solo escollo de la respuesta aportada por el gobierno tailandés a esta catástrofe de amplitud. Mientras que masas colosales de agua se vertieron sobre Bangkok estos últimos días, las autoridades no llegan a encontrar de consenso alrededor de la gestión de esta situación de urgencia. Contrariamente a las preconizaciones del Primer ministro Yingluck Shinawatra, la municipalidad de Bangkok deseaba contener el agua parcialmente en los barrios habitados. Es así, gracias al sistema de esclusas, que el centro de negocios de esta megalópolis de 12 millones de habitantes ha sido salvada. La zona norte de la ciudad, ella, queda fuertemente inundada. En toda la Tailandia, la respuesta de los poderes públicos locales a la llegada de las aguas fue larga a colocarse. Todavía hoy, las autoridades parecen siempre pasadas, en particular para ayudar a las poblaciones de los pueblos situados en regiones alejadas y difícilmente accesibles.
Hoy, si las numerosas ONG - esencialmente ya presentes sobre allà tratan de ayudar a las poblaciones siniestradas, la coordinación de los socorros falta cruelmente. Es para hacer frente a este tipo de crisis humanitaria, como las provocadas por huracanes, terremotos o tsunamis, que la Fundación Cascos Rojos pleitea por la créacion de un nuevo modo de gobernanza humanitaria. Gracias a un Estado mayor de coordinación de la ayuda humanitaria, creado a la escala de la ONU y cuya acción sería relevada por antenas regionales basadas en cada continente, el conjunto de la comunidad internacional podría aspirar al derecho al socorro.
Por acciones de la vigilancia, de la identificación de los medios existentes, del preposicionamiento o todavía de la definición de esquemas directivos de intervención adaptados a cada situación, los Cascos Rojos ambicionaría optimizar utilizarlo recursos existentes desde las primeras horas de la urgencia.
El cambio climático provoca, cada año, trastornos medioambientales cada vez más asesinos. El nombre de refugiados climáticos no deja de aumentar y sin embargo, como le martillaba Nicole Guedj en 2009 en el momento de la Cumbre de Copenhague, las víctimas de las catástrofes permanecen grandes olvidadas de las mesas de negociaciones sobre el desarrollo sostenible. Si la Presidenta de la Fundación Cascos Rojos saluda la iniciativa de creación de una Organización Mundial del Medio ambiente, la ayuda humanitaria tampoco puede permanecer el pariente pobre de la política mundial y debe, dotarse de un centro mundial de organización de los socorros.